Dicen, que con los años, cada vez
precisamos dormir menos. Yo creo que es porque uno se va
convirtiendo en más crítico de si mismo. Primero, recuerdas lo que
querías hacer y no hiciste, y eso te impide conciliar el sueño.
Luego, analizas aquello que hiciste y no debías haber hecho y eso no
te deja dormir.
La historia que hoy cuento - y en la
que mi intervención, no me hace sentir demasiado satisfecho - es la
de Don Ángel. Era catedrático de geografía en el instituto Gaona
de Málaga, y aunque su nombre de pila es el que acabo de expresar,
todos los alumnos, no importa de que curso, le conocían como “El
tosco”.
Este alias, que aprendías a los pocos
días de entrar de “pipiolos”- como eran llamados despectivamente
los alumnos de primer año - pasaba generación tras generación de
estudiantes, pronunciándose a veces en su presencia y, desde luego,
en cuanto volvía la espalda. Esto era así, ya que Don Ángel estaba
más sordo que una tapia y si no miraba fijamente a la cara de su
interlocutor, no sabía, a ciencia cierta, que es lo que este, estaba
diciendo.
Viudo desde hacía años, vivía con su
hija - también profesora - que cuidaba de él, y que incluso en
público, le hacía objeto de frecuentes regañinas, por su poco
cuidado aspecto, en donde su camisa arrugada, alguna mancha en la
chaqueta y los bolsillos repletos de toda clase de papeles, eran las
características de Don Ángel.
Contaban que tras la guerra civil,
había sido “depurado” por sus ideas democráticas, y esto - aún
sin habérsele achacado nada delictivo - le llevó aparejado la
postergación en muchos puestos en su escalafón de funcionario y un
destino de castigo, en una isla del archipiélago canario, hasta que
a principios de los años cincuenta, perdonados por el ministerio -
aunque no olvidados - sus pecados liberales, pudo regresar nuevamente
a la península, obteniendo plaza en la ciudad andaluza.
“El tosco”, a partir de entonces,
aprendió a hablar sin decir nada, y sus más atrevidas frases en
política - cuando en su asignatura había de referirse al sistema –
eran aludir a él como “el régimen nacional sindicalista,
analítico sintético”, diciendo las dos últimas palabras con un
hilo de voz y mirando la puerta siempre lo hacia, no fuese que
alguien escuchase fuera.
Y conste, que su agudeza era mucha, aún
recuerdo una de las frases que más me hicieron pensar y que con el
tiempo me convencieron de lo lúcido de su pensamiento. “Las
cuatro grandes potencias – afirmaba
refiriéndose al reparto de poder tras la guerra mundial – son
tres, Estados Unidos y Rusia."
Su apodo se debía - además de a su aspecto - a lo
brusco y desabrido de sus maneras, en gran parte motivadas por el
defecto físico de su sordera que le hacía desconfiar de todo el
mundo, y la verdad es que - al menos por lo que concernía a los
alumnos - no le faltaba razón.
Una de las bromas con las que solíamos
reírnos del pobre hombre, era la petición de salida de clase.
Consistía el asunto, en que uno de los escolares se dirigía a él
y, sin mirarle directamente a la cara y haciendo gestos exagerados de
no poder aguantar las ganas de orinar, le decía en voz queda:
Don Ángel, ¿me da usted permiso para
ir a cagarme en su padre...?
El profesor, guiado más por lo que
veía que por su oído, e interpretando la petición por los gestos,
respondía complaciente -
Si hijo, ve, pero no tardes demasiado.
La carcajada era general y aunque intuía que algo había sucedido,
la angelical cara del alumno que tenía delante, le dejaba sin
argumentos.
No obstante, incluso en aquellos años
las ciencias adelantaban que era una barbaridad, y un buen día
apareció nuestro hombre en clase, con un moderno audífono.
El aparato, último grito en la época,
era un armatoste del tamaño de una caja de puros, que llevaba Don
Angel colgado del cuello y del que salía un indiscreto cable negro
acabado en un auricular tipo teléfono, que se prendía - a su vez -
a unos de sus pabellones auditivos.
- ¡Tecnología
alemana...! -
gustaba decir su dueño mientras lo palpaba orgulloso. No obstante,
debía ser tecnología de primera generación, porque era raro el
día, que en uno u otro momento no se estropeaba. Pese a todo y por
si las moscas, la “bromita” del permiso para salir a orinar, dejó
- por elemental prudencia - de gastarse.
Pero ¿que no serán capaces de urdir
treinta diablos de catorce años? Al poco, el pobre Don Ángel sufría
de una nueva modalidad de broma.
Con la clase en silencio, uno de
nosotros - previamente designado por sorteo - se dirigía al
profesor, que preguntaba, con su tradicional hosquedad, que deseaba.
El alumno, comenzaba entonces a mover
los labios como si hablase, aunque en realidad no decía nada. Don
Ángel, achacando el no oír a un defecto del aparato, empezaba a
trastear este, y a subir el volumen. Cuando el mando de audición
estaba al máximo, el escolar, con toda la fuerza de sus pulmones
expresaba su petición, dejando - y ahora por exceso - a Don Ángel,
sordo del bocinazo. La carcajada era de antología, y para colmo, aún
había de aceptar las disculpas que el alumno - en tono compungido le
ofrecía - achacándose todo, a un fallo del audífono.
Y así, fueron pasando los años, y
entre bromas y sustos - los días en que nos descubría - llegó el
momento de su jubilación. El instituto le ofreció una placa y le
brindó un homenaje en el que no faltaron los discursos. Entre otros
el del profesor de Formación Política, que se las daba de orador, y
que prodigó frases como, “servidor de la patria”, “deber
cumplido”, “español insigne” y otras de idéntica factura…Don Ángel - mi entrañable “tosco”-
asistió al acto en silencio, y sin enterarse absolutamente de nada,
porque aquel día - sospecho que intencionadamente - había olvidado
en casa su sonotone.