miércoles, 28 de agosto de 2013

AQUEL PREUNIVERSITARIO (1958-1959)





En aquellos primeros días de octubre de 1958 nos reunimos 59 estudiantes en el patio del instituto masculino de la calle Gaona para iniciar el curso Preuniversitario. Sólo nueve (Valeriano Claros Guerra, Francisco Díaz Molina, Emilio Galán Huertos, Rafael Ángel Gil Rivas, Antonio Lara García, Rodrigo Martín Orús, Eduardo Medina Sibajas, Rubén Darío Rodríguez Pérez y Diego Ruiz Galacho) procedían como alumnos oficiales del propio instituto y el resto de la enseñanza colegiada tanto de centros privados legalmente autorizados y reconocidos (San Agustín, Nuestra Señora de la Victoria de los HH. Maristas, San Estanislao de los jesuitas) como de autorizados pero no reconocidos y cuyos exámenes eran realizados en el instituto con matrícula libre (Nuestra Señora de las Mercedes, Sagrado Corazón de Jesús, San Fernando). En tal sentido el instituto se convirtió en un centro de atracción pues a pesar de perder un 59% parte de su alumnado –en el curso 1957-1958 habían cursado 6º de bachillerato 22 alumnos- el incremento de matriculación fue espectacular alcanzando un 168%. Esta estructura determinó la existencia de un núcleo de alumnos cohesionado por años de convivencia y dominadores del espacio tanto físico como social que ocupábamos y una periferia muy desestructurada y marginal.

El Preuniversitario implantado desde el curso 1953-1954 funcionó los cuatro primeros años completamente desreglado y con un alto grado de provisionalidad. Por fin en septiembre de 1957 fue conocido el modelo de enseñanza basado en cursos monográficos que cambiarían anualmente. Los que nos correspondieron ese año se hicieron públicos para profesores y alumnos en junio de 1958 lo que representaba una gran dificultad para el profesorado encargado de impartirlos al disponer de escaso tiempo para su preparación. Con nuestra promoción feneció este modelo volviéndose al sistema de cursos regulares, tras un corto periodo de cursos mixtos. El profesorado adscrito a cada unos de los cursos fue el siguiente: para los comunes doña Elena Villamana Peco (1908-1995), don Fulgencio Egea Abelenda (1900-1961), don José Cruces Pozo (1924-1965) y don Emilio Jiménez Souvirón (1889-1960); para la opción de ciencias don Valentín Aldeanueva Salguero (1914-2000), don Santiago Blanco Puente (1901-1987) y don Eduardo García Rodeja (1891-1983); para la opción letras don Lucas Martínez Tobaruela (1912-d. 2002) y don Francisco López Ruiz (1908-1966)

La catedrática Elena Villamana fue la encargada de impartir el monográfico “Cartas de relación de Hernán Cortés y demás historiadores de Indias. Estudio de su época” centrado en la acción española en America durante el reinado de Carlos V y el temario debía desarrollarse en base a lecturas de textos de los cronistas de Indias y completarse con excursiones a los lugares carolinos. Era un tema clásico de la historiografía franquista destinado a exaltar la conquista y colonización de America y su labor evangelizadora. Al catedrático Fulgencio Egea, que además fue el tutor del curso, se le encomendó “La Familia” con temas concretos tales como “El matrimonio como sacramento” o “Valor santificador del matrimonio” o “Restauración de la familia como centro ordinario de vida cristiana” y con afirmaciones tales como “vínculos naturales trascendentes hacía los planos espirituales y sobrenaturales” o sugerencias como “especie de preparación al matrimonio y la familia” dada la edad del alumnado. Se acudió a Cruces Pozo, catedrático de Geografía e Historia de la Escuela Normal de Magisterio masculino, para que explicara el curso sobre “Italia y la Ciudad del Vaticano” centrado en temas clásicos de geografía regional en la parte referida a Italia; el temario sobre la Ciudad del Vaticano tenía, obviamente, unas connotaciones muy diferentes: “la independencia territorial como salvaguarda de los intereses espirituales” o “la universalidad del catolicismo y su necesaria influencia política y social”. El profesor auxiliar y secretario del centro Jiménez Souviron fue el encargado del idioma moderno (opción francés) “Poemas de Alfredo de Vigny. Obras de otros autores de la misma época”. Aparte de la tradicional actividad traductora, tal vez lo más llamativo fuera la pretensión de fomentar la conversación y que el profesor explicara las lecciones en el idioma elegido por el alumno. Alfred de Vigny era un autor muy del agrado del régimen: moralista, alta valoración del honor y pesimista “el hombre había nacido para sufrir en su cuerpo, en su espíritu y en su corazón”.  

Al profesor adjunto y al mismo tiempo catedrático de Álgebra en la Escuela de Peritos Industriales Valentín Aldeanueva se le adscribió la enseñanza del curso “Introducción a los métodos estadísticos y 250 problemas de Matemáticas”. En lo referente a la estadística desarrollo de temas básicos tales como la estadística descriptiva, representaciones gráficas, uso de “máquinas de calcular” o distribuciones fundamentales y en cuanto a la resolución de problemas los 251 al 500 de una lista publicada en marzo de 1958. Santiago Blanco, catedrático de Agricultura, nos impartió “Biología marina y aprovechamiento de los animales del mar”; un curso de muy buena estructuración temática: el mar como medio físico y biológico, la fauna marina y su interés económico, las técnicas pesqueras y las relaciones entre el mar y la alimentación humana. El más veterano en el escalafón de catedráticos del instituto, García Rodeja, “Radio y Televisión”. Aunque se ponía énfasis en el desarrollo de los aspectos tecnológicos la mayor parte del temario estaba dedicado a los fundamentos científicos de las técnicas y sólo los cuatro últimos a su realización practica (emisora y receptora); en definitiva estaba más centrado en los fundamentos físicos de la radio y la televisión que en los aspectos puramente tecnológicos.

El resultado en la convocatoria de junio de este curso, que abría o no la puerta al examen de madurez a realizar en Granada, fue la siguiente: la Junta de profesores consideró aptos a 34 (57’6%), 9 debieron realizar una prueba especial (15’2%) y 16 no aptos (27’1%), de ellos 4 por insuficiente asistencia. Aun cuando no se expidió una calificación numérica individualizada por asignaturas conocemos que don José no otorgó su plácet a 10 estudiantes, don Emilio a 9, don Valentín a 8, doña Elena y don Eduardo a 6. El resto del profesorado no encontró motivos para cuestionarse algún estudiante. Sólo tres estudiantes quedaron pendientes para septiembre con 5 cursos, con 4 cinco alumnos, con 3 cuatro y con 2 tres. Posiblemente los 9 que debieron realizar la prueba especial tenían pendiente un solo curso, pero desconozco cuales pudieron ser y el resultado de esta prueba.

Muy posiblemente no sea posible encontrar una respuesta unitaria a este curso ya que estarían cargadas de subjetividad. En mi caso me quedo con el curso de don Fulgencio Egea que se desentendió de las orientaciones ministeriales y nos dio un admirable curso. Parecía pensado para que lo impartiera un cura y no un filosofo. Así mismo con el impartido por don Santiago Blanco. Se notaban sus muchos conocimientos y posiblemente también una excelente preparación del mismo. Por último la resolución de los problemas de matemáticas por don Valentín Aldeanueva. Pero la opinión de mi compañero Valeriano Claros es discordante con la mía: para él fueron los mejores el de doña Elena Villamana y el de don Eduardo García Rodeja, hasta el punto este último de determinar su futuro profesional.

No es de fácil ejecución hacer un seguimiento de las carreras emprendidas por los distintos compañeros de este curso. Sin duda fueron los médicos los que batieron el record con 12; 5 ingenieros superiores, 3 derecho, ciencias y filosofía y letras respectivamente, 3 ingenieros técnicos industriales, 2 estudios eclesiásticos, 1 ciencias de la información, 1 ciencias económicas y empresariales, 1 arquitecto técnico y 1 pedagogía.

Independientemente de la titulación académica lograda en once está constatada su dedicación a la docencia: Miguel Lorente Dochado (Maestro-Inspector de EGB), Francisco Díaz Molina (Catedrático de Instituto), Fernando Marti Pallarés (Profesor de Ciencias en un colegio privado), Francisco del Pino Roldán (Agregado de Instituto), Antonio Márquez Royo (Maestro de laboratorio de universidad laboral), Diego Ruiz Galacho (Profesor Titular de Escuela Universitaria de Hacienda Pública), Juan Luis Carrillo Martos (Catedrático de Universidad de Historia de la Ciencia), José Antonio Correa Rodríguez (Catedrático de Universidad de Filología Latina), Juan Manuel de la Cruz Fernández (Catedrático de Universidad de Filología Inglesa), Emilio Galán Huertos (Catedrático de Universidad de Cristalografía y Mineralogía) y Antonio Lara García (Catedrático de Universidad de Teoría e Historia de la Imagen)

viernes, 29 de marzo de 2013

“EL PICHI”




Don Luis Romero era, a inicios de los años sesenta, Jefe de Estudios del instituto de la calle Gaona de Málaga. No llegaba a medir más allá de un metro sesenta de altura, pero pese a ello tenía un carácter fuerte con los alumnos, que le llamaban - al alimón - “el Pichi” o el “Pegaso” según partidarios de una u otra denominación.

El alias de “Pichi”, no tenía clara su etimología, pues algunos sostenían que era debido a que caminaba - en un intento de aparentar más altura - tieso como el personaje del chotis de “las Leandras”; “Pichi, el chulo que castiga...” mientras otros opinaban que su pose recordaba a un petirrojo insectívoro de pintureros andares, que en mi tierra se le conoce con el nombre de “pichi”.

Siempre fui partidario de la denominación, de “el Pegaso”, apodo este debido, a que cuando reconvenía a algún alumno, entre frase y frase dejaba escapar un ruido que recordaba - con bastante exactitud - el producido al frenar un camión. - “Si vuelves a hacer eso...psssss…te fulmino…” era una de sus más preciadas expresiones.

No era de carácter - como antes mencioné - de lo que estaba falto nuestro hombre, aunque, como decía Don Fulgencio el director “Toda su fuerza se le iba por la boca...”. Frase esta que, pronunciada con frecuencia en público, despertaba el pitorreo general del alumnado, ya que era precisamente la expulsión de aire al hablar, lo que le había valido a Don Luis, uno de sus dos apelativos.

No obstante, el carácter de nuestro hombre quedaba, primero frenado y después anulado, en presencia de su esposa Margarita. Quiero decir, - naturalmente - “Doña Margarita”, funcionaria del cuerpo administrativo del Ministerio de Enseñanza y secretaria del centro docente, que tenía en posición de firmes desde el director, al último alumno, pasando naturalmente por su esposo, usando para ello de un mal carácter permanente, que le daba aire de preceptora del siglo XIX.

Doña Margarita – al margen de su talante - era sin dudarlo una experta total en pólizas, instancias, recursos y otras historias, entonces de fundamental valor, con las que ejercía su influencia en el instituto y en su presencia, el aire que Don Luis expelía con cada vocablo, perdía en escasos segundos casi todo su gas.

Nuestro hombre, seguía siempre los dictados que su esposa marcaba en lo administrativo y docente, y por supuesto en lo personal, de forma que antes de tomar esta o aquella resolución, consultaba con la vista el gesto de aprobación o repudio de su costilla, a la que jamás osaba contrariar en público y - por lo columbrado - aún menos en privado.

Un día con ocasión de una celebración docente y como cierre del acto, estaba previsto cantar – a instancias de Don Luis - el “Gaudeamus Igitur”, himno universal de los estudiantes, cuya letra casi nadie conoce, por lo que aunque sus primeras estrofas todos corean, al final del epinicio, solo una o dos voces - a lo sumo – quedan salmodiando el cántico.

Cuando empezaba a decrecer el número de corífeos y seguramente alentados por la impunidad del grupo, empezó a sonar de fondo una charanga que cantábamos en los recreos y, que acabó por imponerse a los cantores oficiales:

Que bonito el instituto,
            visto desde un aeroplano,
Que bonito es ver caer,
veinte bombas sobre él,
y dejarlo todo plano.
Rodeado de cañones,
y de fusiles también,
con “el pichi” solo dentro,
y nosotros fuera de él.
Mientras doña Margarita - presa de un síncope - era solícitamente atendida por Don Fulgencio, “el Pegaso” expelía sin cesar aire por las comisuras de sus labios, sin saber exactamente a quien dirigir su correctivo.

Una vez concluida la rechifla, el asunto se saldó con una falta de orden colectiva y consiguiente aviso a los padres.

En aquella época las bromas de este calibre - gamberradas en lenguaje oficial – eran siempre consideradas, como delitos de lesa patria.

                                                                                                                            J. M. Hidalgo

sábado, 15 de septiembre de 2012

GÉNESIS



Don Carlos J. Mielgo Hergueta era, en los años sesenta, catedrático de dibujo en el instituto de la calle Gaona de Málaga y al evocar su recuerdo, me llega rodeado de la misma aureola de humanidad con la que en aquellos años lo percibía.

Nunca supe el significado de la “J.” tras su nombre de pila, pero Don Carlos tenía lugar en su persona para todos los nombres y apellidos que hubiese querido, pues sus más de dos metros de altura, iban armonizados con su infinita paciencia para la enseñanza de las artes plástica, que nos hacía llegar a amar. Durante sus clases, era normal verle siempre de pupitre en pupitre mientras con gesto amable, enseñaba aquello que no eramos capaces de plasmar en el papel.

Aunque yo no tenía mala mano para el dibujo, todas mis aptitudes se vinieron abajo el día en que nuestro hombre colocó sobre una plataforma, una palmatoria con una vela y a su lado una granada madura, mientras decía: Hoy vamos a hacer algo distinto... Vamos a pintar la naturaleza viva.

Me quedé ante la lámina sin saber como iniciar la pintura, pues en los dos intentos que hice, el modelo salió desproporcionado y sin perceptiva, por lo que – papel en mano – me dirigí al catedrático en demanda de auxilio.

Don Carlos, tomó mi lápiz y en menos de lo que tardo en contarlo, hizo - como por arte de magia - un diseño que era casi una fotografiá del original, mientras me aleccionaba sobre el punto central, las distancias y las proporciones. Apenas hube de hacer unos cuantos retoques para que la imagen quedase – a decir de los compañeros – perfecta, aunque todo el mérito fuera del maestro.

Pero llegó el tercer curso y con él, el maldito dibujo lineal. El tiralíneas, la tinta china, el cartabón, la escuadra... Desde entonces admiré a los delineantes.

Era espantoso, intentar hacer una simple linea de puntos sin errores o realizar las reproducciones en “perceptiva caballera”, con planta, alzado y perfil... Aún recuerdo con horror, un tornillo exagonal que hube de dibujar, con el que llegué a tener hasta pesadillas nocturnas...

Un día, Don Carlos entró en clase y en tono coloquial nos dijo: Hoy vais a iniciar un dibujo libre, para entregar la próxima semana.
¿Libre... ? - preguntanos - Así es. Pintad lo que queráis y como queráis... Luego cada uno habrá de explicármelo.

Aquel fin de semana, decidí vengarme de la maldita tinta china y usando todas mis acuarelas, me apresté a pintar un cuatro abstracto.

La pintura, era una amalgama de todos los colores imaginables, hechos de forma que no significaban nada, pero que – como todo lo que nada significa – podía ser interpretado de infinitas formas.

El engendro, al que titulé “Génesis”, tenía en su centro un inmenso triangulo - lo único comprensible - del que parecían salir algo similar a rayos y, en su parte inferior, una forma que se asemejaba a una serpiente.

Tu me dirás... - dijo Don Carlos mientras contemplaba aquella incongruencia - Pues verá - comencé - Como su nombre indica, el cuadro representa la creación... Ese triángulo es el ojo de Dios y los colores que mezclados se sobreponen, son el caos de los elementos antes de ser creados por los rayos que salen del ojo divino. Esto de aquí - dije señalando lo que, con mucha imaginación, recordaba a una serpiente - es el pecado, siempre presente en el mundo...”

Don Carlos - más atento a la explicación que al dibujo - escuchaba con una media sonrisa y una vez concluidos mis esotéricos razonamientos, dijo:

- Me gusta tu obra. Tanto que voy a calificarla con un diez... Ante mi cara de satisfacción aclaró - La pintura la puntúo con un dos, el resto es por la explicación... Y luego concluyó sonriendo: - Tu mundo no es el del arte, sino el de la oratoria...

Creo que Don Carlos en lo primero acertó de lleno y, desde ese día, nunca más volví a sentir la tentación de hacer ninguna pintura abstracta, ni de cualquier otra clase...
                                                                                        J.M. Hidalgo











domingo, 9 de septiembre de 2012

El Archivo del Gaona

El pasado día 7 de Septiembre tuve la oportunidad de visitar el Instituto de calle Gaona, 52 años después de haber terminado el Bachiller Superior de la época. No había vuelto a este centro desde entonces  y estaba de nuevo allí  invitado por Don Victor Manuel Heredia Flores que se había ofrecido a enseñarme el archivo del Instituto.

El nuevo curso no había comenzado aún. Entramos al Instituto por una puerta próxima a la entrada principal que estaba cerrada. Mi primera vista del patio fue ésta


No pude dejar de sentir cierta emoción y mi primer recuerdo fue para nuestro desaparecido amigo José Antonio Villegas Alés. Me vino a la memoria que en este mismo banco adosado a la pared, estábamos sentados un día Jesús Verge Lozano y yo y le hicimos una pequeña trastada a la cartera de José Antonio que la había dejado sobre el banco, mientras jugaba en el patio con otros compañeros.

Victor y yo hicimos una pequeña visita al edificio sin entrar en las aulas, antes de dirigirnos al archivo. Pongo aquí algunas fotos:


La que sigue es de la primera planta


Después de la corta  y para mí emotiva visita, nos dirigimos al archivo donde quedé impresionado por la labor de organización que ha hecho Victor Heredia dedicándole su esfuerzo y su cariño para organizar los legajos que se encuentran allí, algunos de ellos sorprendentes y que van más allá de expedientes de ex-alumnos.

Pero mejor que veamos el vídeo que tuve la oportunidad de grabar mientras disfrutaba de las explicaciones de Victor. Lamentáblemente, había una obra en la calle cuyo ruido llegó a ser recogido por el micrófono de la cámara pero si no ponemos el volumen demasiado alto no se notará demasiado.

Desde aquí quiero dar de nuevo las gracias a Victor Manuel Heredia Flores por su gentileza en invitarme a visitar el archivo y obsequiarnos con un ameno relato, haciendo un esbozo de la historia y el contenido del archivo.


domingo, 20 de mayo de 2012

DON JUAN CUTILLAS



Desde que abandoné la juventud, me he ido convenciendo cada vez más, de que no merecíamos los profesores del instituto Gaona de Málaga, que - con paciencia infinita - empleaban su tiempo en desasnarnos, sin evidenciar el cansancio que tratar con una tropa como nosotros, sin duda les debía producir.

Uno de estos esforzados maestros, del que hoy pretendo hablarte, era Don Juan Cutillas, profesor de matemáticas en los primeros cursos de bachillerato.

Nuestro hombre – al que recuerdo de mediana estatura tirando a bajo – tenía una característica esencial que le hacía blanco especial del alumnado y era la de ser calvo total. La calva de Don Juan, no era - sin embargo - una calva ordinaria, ya que además de carecer de cabello, parecía que estuviese charolada de tanto como relucía. Aquella calva tersa, brillante, pulida, refulgente, constituía motivo de eterna chanza, de modo que en el argot estudiantil, nuestro hombre era conocido por todos como “El bombilla”.

Además de este alias, en tiempos debió haber algún virtuoso, artífice de un juego que aprendías nada más llegar al instituto y que se hacía, naturalmente lejos de su presencia. El asunto consistía en que uno de los alumnos, colocado frente a los demás, preguntaba a voces:

Cuando llegas a la clase...¿Que es eso que tanto brilla...?! Y todos contestaban a coro: -¡La cabeza “del Cutillas”, que parece una bombilla...! - Esto daba inicio al jolgorio general, lo cual no era extraño, porque en Málaga y a finales de febrero, ya estábamos en primavera y unido esto a la revolución hormonal propia de la edad, nos tenía a todos siempre soliviantados y con ganas de jaleo.

Aquel año, nuestra clase estaba situada en un aula de la planta baja, con entrada por el patio central del instituto, lo cual facilitaba mucho la labor de vigilancia, ya que podía ser detectada fácilmente y con la debida antelación, la llegada de los profesores.

Un día Taboada, uno de los más revoltosos del curso, aprovechando que nuestro hombre solía retrasarse en la sala de profesores, fue el encargado de dirigir el coro. Pero lo que no sabía, aquella malhadada mañana, era que Don Juan aún no había llegado y que al venir tarde, decidió entrar directamente en clase sin pasar por la sala, tal como tenía por costumbre.

Formulaba nuestro compañero la pregunta de ritual de espaldas a la puerta, por lo que no pudo advertir su llegada, mientras los demás, al verlo acercarse, simulamos - cada cual como pudo – estar estudiando. Ante nuestro silencio, Taboada seguía preguntando de manera reiterada y cada vez más alto: ¡¿Que eso que tanto brilla...!?, ¡¿Que es eso que tanto brilla...?!

La mano de Don Juan se posó sobre el hombre de nuestro vociferante colega, mientras le decía: -“Como todos parecen haberse quedado mudos de repente, me temo que me vas a tener que decir tú, que es eso tan brillante...”

Después de preguntarle la lección del día, con el resultado de un cero como calificación, Don Juan le mandó permanecer de pie en una esquina del aula, en donde estuvo durante toda la clase.

Y no sé - amigo lector – quizás debió ser la primavera o tal vez la situación, pero la cosa fue que nosotros, en lugar de compadecerle, nos pasamos todos la clase entera, sin podernos aguantar la risa floja.

¡Menuda pandilla de traidores...!

J.M. Hidalgo

lunes, 9 de abril de 2012

EL EDITORIAL

Tengo los mejores recuerdos de don Fulgencio Egea Abelenda, mi profesor de Filosofía cuando estudiaba 6º de bachillerato, durante el curso 1959/60; entre otros motivos porque explicar una nueva asignatura, con tan sugestivo nombre, imprimía una aureola especial al ponente.

Don Fulgencio fue generoso conmigo; por una parte premió mis escasos conocimientos de la asignatura con una calificación final de “sobresaliente”; por otra parte aumentó mi frágil autoestima pronosticando que, cuando corrigiera algunos defectos en mi estilo, “sería un buen escritor”; a la vista está que, en su vaticinio, fracasó estrepitosamente.

En esa época editábamos en el Instituto una revistilla llamada “Actividad juvenil”, de la que creo que se publicaron no más de cuatro o cinco números.

En cierta ocasión escribí un editorial, dedicado al viaje que habíamos efectuado a Antequera para conocer sus muchos tesoros artísticos en forma de iglesias y conventos. Al final del escrito, estampé –orgullosamente- mi nombre y mis dos apellidos

Don Fulgencio, que actuaba como asesor literario, o coordinador, o algo parecido de la revista, al recibir mi trabajo me reconvino diciéndome que un editorial no debía firmarse. Creo que al ver mi gesto de decepción ante la perspectiva de quedarme en total anonimato, quiso arreglar el asunto y me reconfortó con la promesa de identificarme con mis iniciales.

Así, apuntó al pie del escrito “C” (de Carlos), “N”(de Navarrete), “T” (de Trigueros). Pero…al ver el conjunto de las tres letras mayúsculas, las tachó con una rapidez y una decisión extraordinarias y, con extraño talante, me dijo:
-“Bueno, todas las normas tienen excepciones y, en esta ocasión, vamos a dejar en el editorial su firma completa”.

Tardé bastante tiempo en entender el comportamiento y la reacción de don Fulgencio; era un tiempo en el que los jóvenes españoles no conocíamos más política que la impartida en las clases de “Formación de espíritu nacional”.

La verdad es que, en 1959, en una revista del Instituto malagueño, un artículo firmado por CNT hubiera ocasionado un verdadero escándalo.

martes, 27 de marzo de 2012

EL HEXAQUISOCTAEDRO



Don Remigio fue, al final de la década de los años cincuenta, director del instituto de la calle Gaona de Málaga, en el que impartía la asignatura de Ciencias Naturales.

Se encargaba además, por propia iniciativa, de hacer las suplencias cuando faltaba algún colega suyo, así como vigilar, con extremado celo y eficacia, que funcionase todo en el centro de forma correcta, desde el servicio de limpieza, hasta el agua en los lavabos.

Don Remigio era por tanto - en aquellos años de penuria - una persona excepcional, que daba al Ministerio de Educación mucho más de lo que de este recibía.

Mediana estatura, pelo canoso y ralo y una voz chillona cuando se exasperaba, lo que no obstante llamaba más la atención en él eran sus orejas, que al ser grandes y carecer casi de cabello en su cabeza, sobresalían de esta en forma ostensible.

Por tales apéndices y porque debido a sus múltiples ocupaciones siempre iba corriendo por los pasillos y patios del instituto, los estudiantes le habían bautizado como “la liebre”, alias por el que todos le conocía.

Como antes dije, su asignatura “oficial” era la de ciencias naturales, que enseñaba en un aula de la primera planta del edificio, cuyas paredes estaban cubiertas de ejemplares disecados de mamíferos, aves y peces, al parecer solo para dar ambiente ya que jamás se usaba ninguno de ellos en explicaciones prácticas.

Estábamos en el tercer curso de bachillerato y aquellos días estudiábamos la cristalográfica y sus figuras poliédricas, por lo que al objeto de entender tan árido tema, disponíamos de una colección de estas figuras en madera, para hacer en ellas las necesarias explicaciones.

Aún no sé por qué, ni posiblemente lo sepa nunca, pero desde su inicio, el estudio de los sólidos poliédricos atrajo mi atención y lo que a mis condiscípulos costaba esfuerzos infinitos entender yo lo captaba enseguida, por lo que me pasaba el tiempo de los recreos presumiendo más que un pavo real, mientras contestaba sus preguntas.

Un día - con la clase ya empezada - estábamos de tertulia cuando entró en ella - corriendo como siempre - “la liebre” y al ser mi voz la que más se destacada del grupo, tras lograr el silencio, me hizo subir a la tarima con intención de hacer un escarmiento ante los demás.

Con deliberada parsimonia, Don Remigio extrajo del armario la bandeja que contenía los sólidos poliédricos y luego con irónica sonrisa dijo.- Puesto que tienes tantas ganas de hablar, quiero que nos expliques las características de esta figura...
Y mientras hablaba, deslizó su mano hacia la bandeja y como si fuese por casualidad, cogió de ella la que, por su dificultad, era el terror de todos los estudiantes; el hexaquisoctaedro.

En medio de un silencio total, tomé de manos de Don Remigio el cuerpo geométrico y con seguridad empecé a disertar sobre su estructura: Los 48 triángulos escalenos que lo formaban, el punto de corte de sus ejes, las 72 aristas y el orden de los 26 vértices...

Desde la mesa, “la liebre” me miraba desconcertado, pues lo que él había previsto como castigo, se había convertido de forma incomprensible en todo lo contrario.

Cuando al final, ante la expectación general concluí sin haber cometido ningún error, en el paroxismo de la confianza hacia mi mismo, pregunté: -Don Remigio, ¿Quieres usted que coja otra...?
Nuestro hombre, sin mirarme siquiera, me mandó sentar y al poco rato salió del aula – corriendo de nuevo - para atender alguna de sus muchas ocupaciones.

Dicen que en la vida, todos los cretinos tienen alguna vez su minuto de gloria.

Yo pienso – querido lector –que sin duda, ese fue el mio...

J.M. Hidalgo