sábado, 15 de septiembre de 2012

GÉNESIS



Don Carlos J. Mielgo Hergueta era, en los años sesenta, catedrático de dibujo en el instituto de la calle Gaona de Málaga y al evocar su recuerdo, me llega rodeado de la misma aureola de humanidad con la que en aquellos años lo percibía.

Nunca supe el significado de la “J.” tras su nombre de pila, pero Don Carlos tenía lugar en su persona para todos los nombres y apellidos que hubiese querido, pues sus más de dos metros de altura, iban armonizados con su infinita paciencia para la enseñanza de las artes plástica, que nos hacía llegar a amar. Durante sus clases, era normal verle siempre de pupitre en pupitre mientras con gesto amable, enseñaba aquello que no eramos capaces de plasmar en el papel.

Aunque yo no tenía mala mano para el dibujo, todas mis aptitudes se vinieron abajo el día en que nuestro hombre colocó sobre una plataforma, una palmatoria con una vela y a su lado una granada madura, mientras decía: Hoy vamos a hacer algo distinto... Vamos a pintar la naturaleza viva.

Me quedé ante la lámina sin saber como iniciar la pintura, pues en los dos intentos que hice, el modelo salió desproporcionado y sin perceptiva, por lo que – papel en mano – me dirigí al catedrático en demanda de auxilio.

Don Carlos, tomó mi lápiz y en menos de lo que tardo en contarlo, hizo - como por arte de magia - un diseño que era casi una fotografiá del original, mientras me aleccionaba sobre el punto central, las distancias y las proporciones. Apenas hube de hacer unos cuantos retoques para que la imagen quedase – a decir de los compañeros – perfecta, aunque todo el mérito fuera del maestro.

Pero llegó el tercer curso y con él, el maldito dibujo lineal. El tiralíneas, la tinta china, el cartabón, la escuadra... Desde entonces admiré a los delineantes.

Era espantoso, intentar hacer una simple linea de puntos sin errores o realizar las reproducciones en “perceptiva caballera”, con planta, alzado y perfil... Aún recuerdo con horror, un tornillo exagonal que hube de dibujar, con el que llegué a tener hasta pesadillas nocturnas...

Un día, Don Carlos entró en clase y en tono coloquial nos dijo: Hoy vais a iniciar un dibujo libre, para entregar la próxima semana.
¿Libre... ? - preguntanos - Así es. Pintad lo que queráis y como queráis... Luego cada uno habrá de explicármelo.

Aquel fin de semana, decidí vengarme de la maldita tinta china y usando todas mis acuarelas, me apresté a pintar un cuatro abstracto.

La pintura, era una amalgama de todos los colores imaginables, hechos de forma que no significaban nada, pero que – como todo lo que nada significa – podía ser interpretado de infinitas formas.

El engendro, al que titulé “Génesis”, tenía en su centro un inmenso triangulo - lo único comprensible - del que parecían salir algo similar a rayos y, en su parte inferior, una forma que se asemejaba a una serpiente.

Tu me dirás... - dijo Don Carlos mientras contemplaba aquella incongruencia - Pues verá - comencé - Como su nombre indica, el cuadro representa la creación... Ese triángulo es el ojo de Dios y los colores que mezclados se sobreponen, son el caos de los elementos antes de ser creados por los rayos que salen del ojo divino. Esto de aquí - dije señalando lo que, con mucha imaginación, recordaba a una serpiente - es el pecado, siempre presente en el mundo...”

Don Carlos - más atento a la explicación que al dibujo - escuchaba con una media sonrisa y una vez concluidos mis esotéricos razonamientos, dijo:

- Me gusta tu obra. Tanto que voy a calificarla con un diez... Ante mi cara de satisfacción aclaró - La pintura la puntúo con un dos, el resto es por la explicación... Y luego concluyó sonriendo: - Tu mundo no es el del arte, sino el de la oratoria...

Creo que Don Carlos en lo primero acertó de lleno y, desde ese día, nunca más volví a sentir la tentación de hacer ninguna pintura abstracta, ni de cualquier otra clase...
                                                                                        J.M. Hidalgo











domingo, 9 de septiembre de 2012

El Archivo del Gaona

El pasado día 7 de Septiembre tuve la oportunidad de visitar el Instituto de calle Gaona, 52 años después de haber terminado el Bachiller Superior de la época. No había vuelto a este centro desde entonces  y estaba de nuevo allí  invitado por Don Victor Manuel Heredia Flores que se había ofrecido a enseñarme el archivo del Instituto.

El nuevo curso no había comenzado aún. Entramos al Instituto por una puerta próxima a la entrada principal que estaba cerrada. Mi primera vista del patio fue ésta


No pude dejar de sentir cierta emoción y mi primer recuerdo fue para nuestro desaparecido amigo José Antonio Villegas Alés. Me vino a la memoria que en este mismo banco adosado a la pared, estábamos sentados un día Jesús Verge Lozano y yo y le hicimos una pequeña trastada a la cartera de José Antonio que la había dejado sobre el banco, mientras jugaba en el patio con otros compañeros.

Victor y yo hicimos una pequeña visita al edificio sin entrar en las aulas, antes de dirigirnos al archivo. Pongo aquí algunas fotos:


La que sigue es de la primera planta


Después de la corta  y para mí emotiva visita, nos dirigimos al archivo donde quedé impresionado por la labor de organización que ha hecho Victor Heredia dedicándole su esfuerzo y su cariño para organizar los legajos que se encuentran allí, algunos de ellos sorprendentes y que van más allá de expedientes de ex-alumnos.

Pero mejor que veamos el vídeo que tuve la oportunidad de grabar mientras disfrutaba de las explicaciones de Victor. Lamentáblemente, había una obra en la calle cuyo ruido llegó a ser recogido por el micrófono de la cámara pero si no ponemos el volumen demasiado alto no se notará demasiado.

Desde aquí quiero dar de nuevo las gracias a Victor Manuel Heredia Flores por su gentileza en invitarme a visitar el archivo y obsequiarnos con un ameno relato, haciendo un esbozo de la historia y el contenido del archivo.


domingo, 20 de mayo de 2012

DON JUAN CUTILLAS



Desde que abandoné la juventud, me he ido convenciendo cada vez más, de que no merecíamos los profesores del instituto Gaona de Málaga, que - con paciencia infinita - empleaban su tiempo en desasnarnos, sin evidenciar el cansancio que tratar con una tropa como nosotros, sin duda les debía producir.

Uno de estos esforzados maestros, del que hoy pretendo hablarte, era Don Juan Cutillas, profesor de matemáticas en los primeros cursos de bachillerato.

Nuestro hombre – al que recuerdo de mediana estatura tirando a bajo – tenía una característica esencial que le hacía blanco especial del alumnado y era la de ser calvo total. La calva de Don Juan, no era - sin embargo - una calva ordinaria, ya que además de carecer de cabello, parecía que estuviese charolada de tanto como relucía. Aquella calva tersa, brillante, pulida, refulgente, constituía motivo de eterna chanza, de modo que en el argot estudiantil, nuestro hombre era conocido por todos como “El bombilla”.

Además de este alias, en tiempos debió haber algún virtuoso, artífice de un juego que aprendías nada más llegar al instituto y que se hacía, naturalmente lejos de su presencia. El asunto consistía en que uno de los alumnos, colocado frente a los demás, preguntaba a voces:

Cuando llegas a la clase...¿Que es eso que tanto brilla...?! Y todos contestaban a coro: -¡La cabeza “del Cutillas”, que parece una bombilla...! - Esto daba inicio al jolgorio general, lo cual no era extraño, porque en Málaga y a finales de febrero, ya estábamos en primavera y unido esto a la revolución hormonal propia de la edad, nos tenía a todos siempre soliviantados y con ganas de jaleo.

Aquel año, nuestra clase estaba situada en un aula de la planta baja, con entrada por el patio central del instituto, lo cual facilitaba mucho la labor de vigilancia, ya que podía ser detectada fácilmente y con la debida antelación, la llegada de los profesores.

Un día Taboada, uno de los más revoltosos del curso, aprovechando que nuestro hombre solía retrasarse en la sala de profesores, fue el encargado de dirigir el coro. Pero lo que no sabía, aquella malhadada mañana, era que Don Juan aún no había llegado y que al venir tarde, decidió entrar directamente en clase sin pasar por la sala, tal como tenía por costumbre.

Formulaba nuestro compañero la pregunta de ritual de espaldas a la puerta, por lo que no pudo advertir su llegada, mientras los demás, al verlo acercarse, simulamos - cada cual como pudo – estar estudiando. Ante nuestro silencio, Taboada seguía preguntando de manera reiterada y cada vez más alto: ¡¿Que eso que tanto brilla...!?, ¡¿Que es eso que tanto brilla...?!

La mano de Don Juan se posó sobre el hombre de nuestro vociferante colega, mientras le decía: -“Como todos parecen haberse quedado mudos de repente, me temo que me vas a tener que decir tú, que es eso tan brillante...”

Después de preguntarle la lección del día, con el resultado de un cero como calificación, Don Juan le mandó permanecer de pie en una esquina del aula, en donde estuvo durante toda la clase.

Y no sé - amigo lector – quizás debió ser la primavera o tal vez la situación, pero la cosa fue que nosotros, en lugar de compadecerle, nos pasamos todos la clase entera, sin podernos aguantar la risa floja.

¡Menuda pandilla de traidores...!

J.M. Hidalgo

lunes, 9 de abril de 2012

EL EDITORIAL

Tengo los mejores recuerdos de don Fulgencio Egea Abelenda, mi profesor de Filosofía cuando estudiaba 6º de bachillerato, durante el curso 1959/60; entre otros motivos porque explicar una nueva asignatura, con tan sugestivo nombre, imprimía una aureola especial al ponente.

Don Fulgencio fue generoso conmigo; por una parte premió mis escasos conocimientos de la asignatura con una calificación final de “sobresaliente”; por otra parte aumentó mi frágil autoestima pronosticando que, cuando corrigiera algunos defectos en mi estilo, “sería un buen escritor”; a la vista está que, en su vaticinio, fracasó estrepitosamente.

En esa época editábamos en el Instituto una revistilla llamada “Actividad juvenil”, de la que creo que se publicaron no más de cuatro o cinco números.

En cierta ocasión escribí un editorial, dedicado al viaje que habíamos efectuado a Antequera para conocer sus muchos tesoros artísticos en forma de iglesias y conventos. Al final del escrito, estampé –orgullosamente- mi nombre y mis dos apellidos

Don Fulgencio, que actuaba como asesor literario, o coordinador, o algo parecido de la revista, al recibir mi trabajo me reconvino diciéndome que un editorial no debía firmarse. Creo que al ver mi gesto de decepción ante la perspectiva de quedarme en total anonimato, quiso arreglar el asunto y me reconfortó con la promesa de identificarme con mis iniciales.

Así, apuntó al pie del escrito “C” (de Carlos), “N”(de Navarrete), “T” (de Trigueros). Pero…al ver el conjunto de las tres letras mayúsculas, las tachó con una rapidez y una decisión extraordinarias y, con extraño talante, me dijo:
-“Bueno, todas las normas tienen excepciones y, en esta ocasión, vamos a dejar en el editorial su firma completa”.

Tardé bastante tiempo en entender el comportamiento y la reacción de don Fulgencio; era un tiempo en el que los jóvenes españoles no conocíamos más política que la impartida en las clases de “Formación de espíritu nacional”.

La verdad es que, en 1959, en una revista del Instituto malagueño, un artículo firmado por CNT hubiera ocasionado un verdadero escándalo.

martes, 27 de marzo de 2012

EL HEXAQUISOCTAEDRO



Don Remigio fue, al final de la década de los años cincuenta, director del instituto de la calle Gaona de Málaga, en el que impartía la asignatura de Ciencias Naturales.

Se encargaba además, por propia iniciativa, de hacer las suplencias cuando faltaba algún colega suyo, así como vigilar, con extremado celo y eficacia, que funcionase todo en el centro de forma correcta, desde el servicio de limpieza, hasta el agua en los lavabos.

Don Remigio era por tanto - en aquellos años de penuria - una persona excepcional, que daba al Ministerio de Educación mucho más de lo que de este recibía.

Mediana estatura, pelo canoso y ralo y una voz chillona cuando se exasperaba, lo que no obstante llamaba más la atención en él eran sus orejas, que al ser grandes y carecer casi de cabello en su cabeza, sobresalían de esta en forma ostensible.

Por tales apéndices y porque debido a sus múltiples ocupaciones siempre iba corriendo por los pasillos y patios del instituto, los estudiantes le habían bautizado como “la liebre”, alias por el que todos le conocía.

Como antes dije, su asignatura “oficial” era la de ciencias naturales, que enseñaba en un aula de la primera planta del edificio, cuyas paredes estaban cubiertas de ejemplares disecados de mamíferos, aves y peces, al parecer solo para dar ambiente ya que jamás se usaba ninguno de ellos en explicaciones prácticas.

Estábamos en el tercer curso de bachillerato y aquellos días estudiábamos la cristalográfica y sus figuras poliédricas, por lo que al objeto de entender tan árido tema, disponíamos de una colección de estas figuras en madera, para hacer en ellas las necesarias explicaciones.

Aún no sé por qué, ni posiblemente lo sepa nunca, pero desde su inicio, el estudio de los sólidos poliédricos atrajo mi atención y lo que a mis condiscípulos costaba esfuerzos infinitos entender yo lo captaba enseguida, por lo que me pasaba el tiempo de los recreos presumiendo más que un pavo real, mientras contestaba sus preguntas.

Un día - con la clase ya empezada - estábamos de tertulia cuando entró en ella - corriendo como siempre - “la liebre” y al ser mi voz la que más se destacada del grupo, tras lograr el silencio, me hizo subir a la tarima con intención de hacer un escarmiento ante los demás.

Con deliberada parsimonia, Don Remigio extrajo del armario la bandeja que contenía los sólidos poliédricos y luego con irónica sonrisa dijo.- Puesto que tienes tantas ganas de hablar, quiero que nos expliques las características de esta figura...
Y mientras hablaba, deslizó su mano hacia la bandeja y como si fuese por casualidad, cogió de ella la que, por su dificultad, era el terror de todos los estudiantes; el hexaquisoctaedro.

En medio de un silencio total, tomé de manos de Don Remigio el cuerpo geométrico y con seguridad empecé a disertar sobre su estructura: Los 48 triángulos escalenos que lo formaban, el punto de corte de sus ejes, las 72 aristas y el orden de los 26 vértices...

Desde la mesa, “la liebre” me miraba desconcertado, pues lo que él había previsto como castigo, se había convertido de forma incomprensible en todo lo contrario.

Cuando al final, ante la expectación general concluí sin haber cometido ningún error, en el paroxismo de la confianza hacia mi mismo, pregunté: -Don Remigio, ¿Quieres usted que coja otra...?
Nuestro hombre, sin mirarme siquiera, me mandó sentar y al poco rato salió del aula – corriendo de nuevo - para atender alguna de sus muchas ocupaciones.

Dicen que en la vida, todos los cretinos tienen alguna vez su minuto de gloria.

Yo pienso – querido lector –que sin duda, ese fue el mio...

J.M. Hidalgo

lunes, 13 de febrero de 2012

DOÑA ELENA, SU LIBRO Y YO

Ayer domingo, cuando regresaba del bosque que rodea al castillo de Bellver adonde voy los fines de semana con otros amigos también jubilados para andar, hacer algo de ejercicio y charlar, decía, cuando regresaba, ya en el coche, oí en la radio que el locutor hablaba de Doña Elena Villamana Peco, de Don Eduardo García Rodeja y del Gaona.

Una vez llegado a casa permanecí aún unos minutos en el coche escuchando la radio hasta que el locutor terminó el comentario que me había llevado a recordar mi época de estudiante en Málaga.

A media mañana llamé a mi amigo Rafael Vertedor (Falo) y le comenté  sobre lo que había estado escuchando en la radio. Después de media hora de charleta me remitió al último aporte a este blog que por cierto trataba sobre Doña Elena.

El blog ya lo conocía precisamente a través de él mismo y después de la lectura del aporte del D. José María Hidalgo  me animé a hacer yo el mío propio en relación con Doña Elena.

Yo había hecho el examen de ingreso de bachiller en el "Instituto Hilarión Eslava" de Cabra, trasladándonos luego a vivir a Melilla donde inicié el bachillerato en el "Instituto Hispano-Marroquí", que así se llamaba a la sazón.

Allí cursé los primeros cuatro años y fue, creo en tercero o cuarto - no recuerdo muy bien -  cuando conocí a Doña Elena.

Bueno a ella personalmente no, sino al libro de Literatura en cuya portada  aparecía impreso su nombre. En él aprendí lo que era un pareado, el cuarteto y su hermana pequeña de misma rima la redondilla, el serventesio y la cuarteta, también lo que era una décima y leí mi primer soneto, aquel en el que Lope accede a hacerle uno a Violante a pesar de verse metido en tal aprieto. El de Cervantes al Túmulo de Felipe II, ejemplo de soneto con estrambote, término a mi juicio algo estrambótico para ser sólo una propina de tres versos a un  soneto.

Leí asimismo  aquellos versos de rara métrica de Rubén Darío sobre la tristeza de la princesa que me resultaron un poco extraños.

Una vez terminado cuarto nos enfrentamos los alumnos de ese año al cambio de plan de estudios: el 38 por el nuevo del 53 y que suponía la reválida de lo que se llamó a partir de entonces Bachiller Elemental, y de Bachiller Superior para la que se haría al finalizar sexto.

A los pocos días del examen de esta reválida, por San Juan, nos trasladamos a vivir a Málaga y fue precisamente entonces, al comienzo del quinto curso en el Gaona, cuando sucedió lo que me ha empujado a escribir este aporte al blog: lo que para mí había sido hasta aquel momento nada más que un libro, interesante pero sólo un libro de texto, se convirtió en una persona de carne y hueso que además iba a ser mi profesora de Literatura. Aquello a mí, un niño de catorce años de la década de los 50, me causó una gran impresión.

lunes, 6 de febrero de 2012

LOS LIBROS DE DOÑA ELENA


Hoy ha sido el primer día de invierno. Aunque desde hace ya tiempo estamos en esa estación, fue sin embargo esta tarde la primera vez que lo he percibido. El cielo se oscureció con nubarrones que amenazaban lluvia, se cubrieron de improviso las cimas del Garraf con una espesa niebla húmeda y comenzó a soplar un desagradable viento frío del noroeste, que aumentó - más si cabe -la sensación de tristeza.

Muchas veces cuando esto sucede, busco refugio en la biblioteca del sótano de casa en donde están los libros más antiguos, y me evado de la realidad llenándome de nostalgia con ellos.

Sin mucha dificultad, pues de sobras sé donde se encuentran, me dirigí al anaquel de los libros de texto del bachillerato. Todos están - como antaño - protegidos con un forro de papel amarillento, para evitar que se estropeasen. Aunque era vano el empeño, porque su pobre encuadernación hacía que al poco de usarlos, todos tuviesen las hojas sueltas como una baraja de cartas.

Con la tarde propicia a la añoranza, deslicé la mano hasta el libro de cuarto curso de Doña Elena Villamana Peco, nuestra profesora de lengua y literatura en el Instituto Gaona de Málaga, que con frecuencia he ojeado.

Los libros de Doña Elena tienen unas características que los hacen para mi inconfundibles. Habían de adquirirse en la librería Gibralfaro, cercana al instituto y cada inicio de curso - en una especie de reiterada liturgia - el pequeño habitáculo en que atendían al público, estaba siempre atestado de estudiantes para poder comprarlos. Pero lo más encantador de ellos, era que parecían más libros de lecturas que libros de texto.

En mi caso, el aprendizaje de las letras, siempre estuvo vinculado a las mujeres. Quien me enseñó a leer fue Doña Remedios, mi maestra de primaria y quien lo hizo a soñar con sus obras escogidas, fue Doña Helena Villamana.

La primera lección del libro; “La palabra y la entonación”, se iniciaba con unos párrafos de Juan Ramón hablando con Platero... Con tanta sensibilidad en el papel, no hacía falta más que saber leer, para que el mismo texto te pidiese a gritos entonar...

Doña Elena, con quien la naturaleza fue cicatera en sus encantos personales, fue dotada sin embargo con largueza en sensibilidad y saber, de manera tal que cuando leía algún libro, como solo ella sabía hacer, permanecíamos todos embobados escuchándola.

Se implicaba tanto con sus personajes, que una tarde, mientras nos recitaba un poema en que las artes de seducción de una mujer, hacían a un hombre perder su dignidad, su fortuna y su vida, sintiéndose identificada con la protagonista, casi sin pensar, exclamó: - ¡Es que las mujeres, somos capaces de volver a los hombres locos con nuestros encantos...!
Como si toda la clase se hubiese puesto de acuerdo, una carcajada general rubricó las palabras de la maestra, que rápida como el rayo y sin azararse, continuó:

- Bien, puesto que veo que el asunto os hace gracia, que salgan al encerado… y acto seguido pronunció los nombres de tres alumnos, que – fuera del aula - se mostraban especialmente crueles en las bromas que se hacían sobre los atractivos de la catedrática.

Uno tras otro, les fue doblegando con preguntas sobre el texto y cuando se hubo cansado de jugar al gato y al ratón, les preguntó con ironía:

- Decidme; ¿para que usáis vuestras cabecitas…?, ¿Acaso para haceros peinados exóticos y embaucar a las nenas...? Una vez más, Doña Elena había salido triunfante.

Nunca he querido – de forma deliberada – encuadernar sus libros porque al hacerlo, temo que algo de la manera en que me los hizo vivir, se vaya para siempre con la encuadernación.

Antes de dejar de nuevo el libro, veo en el papel amarillento que lo envuelve dos palabras escritas a lápiz que me hacen de nuevo soñar; “Siglo XVIII” y a continuación “página 159...”. Al buscar, me encuentro en ella con Voltaire, Montesquieu, Rouseau, Diderot...

Ya recuerdo por qué en su día apunté eso. Fue porque mientras leía a estos autores, Doña Elena me enseñó también - a través de ellos - a soñar con la libertad...

J.M. Hidalgo

domingo, 5 de febrero de 2012

No tuvimos clase

Andrés Vázquez Lobato nos envía la foto que incluimos en esta entrada. Es del año 1957, aunque no sabemos en qué mes fue tomada. Los alumnos de la promoción 54-60 deberíamos estar en tercer curso o al principio de cuarto, dependiendo de la época del año en que se hizo.

El grupo está en la Plaza de la Constitución.  No era habitual hacer la "piarda" (faltar a clase en el argot del Instituto) y mucho menos en grupo, así que este día suponemos que se suspendieron las clases al menos parcialmente por un motivo que no recordamos y algunos se fueron a pasear por el centro llevando sus libros bajo el brazo.

Observamos el uso de ropa formal en la mayoría de los alumnos, incluyendo corbata en casi todos ellos.

Reconocemos a Andrés Vázquez Lobato, el segundo por la izquierda, Juan Bautista Páez, el tercero por la izquierda y a Miguel Ignacio Valenzuela Martín, el primero de la izquierda agachado.

Yo creo reconocer además, aunque no estoy seguro, a Paco Fernández Torreblanca (cuarto por la izquierda) y a Paco Juárez (agachado, en medio).

Juan Bautista me indica que el primero por la derecha, agachado, es Emilio José Viciana, aunque solo está seguro del apellido y no de los nombres. También cree que el del centro, con los libros en la mano derecha, se apellida Rando y el segundo por la derecha, en segunda fila, Natera, aunque no está seguro.

Si algún lector de este blog reconoce a alguien más o encuentra algún error, le agradecería me lo comunicara a rversan@gmail.com.

Modifico esta entrada hoy, 3 de Junio de 2015, porque he recibido de Emilio Viciana, el correo que transcribo más abajo y que completa algo más los nombres de los alumnos que aparecen en la foto. Gracias, Emilio. Y como dices, si recuerdas algún nombre más o quieres participar en este blog con alguno de tus recuerdos, eres bienvenido.

Soy Emilio Viciana  que aparezco  agachado por la derecha, reconozco
a todos pero la memoria me falla y no me acuerdo de los nombres.
Intentaré hacer memoria y cuando me acuerde, te los mandaré. 

El 1º por la izquierda es Cueto, seguido de Lobato; junto a Rando esta Gámez y
detrás de él, de pie, Nateras. Los otros que pones los nombres son
correctos. 

Me ha dado mucha alegria el ver la foto y me ha gustado
mucho tu comentario.
Mi correo es emilioviciana@gmail.com, me tienes a tu disposión por si
algo puedo aportar. Vivo en Granada desde el año 1968 en que vine
destinado como Maestro Nacional hasta que me jubilé.
Un cordial abrazo a todos aquellos grandes compañeros y mejores amigos
y personas.

Emilio Viciana Rodriguez

martes, 17 de enero de 2012

Acto del descubrimiento de placa de Severo Ochoa

Gracias de nuevo al profesor  Don Victor Heredia que sigue alimentando este blog con las  fotos y datos que nos remite.

Ahora nos envía una entrañable foto, correspondiente al día en que se descubrió en el Instituto la placa conmemorativa del paso por sus aulas del premio Nobel Severo Ochoa.

El paso del tiempo nos hace difícil reconocer a los profesores y autoridades que figuran en ella. No obstante, de forma indudable, reconocemos a Doña Elena Villamana que lee su discurso. También creemos reconocer a Don Eduardo García Rodeja, el tercero por la derecha. El primero por la izquierda (su cara aparece semicortada) nos parece que es Don Angel Blázquez, conocido por el Tosco. A la izquierda de Villamana y a su espalda, creemos que está Don Remigio Sánchez Mantero, Director del Instituto.

Este acto se celebró el martes 26 de enero de 1960