martes, 27 de marzo de 2012

EL HEXAQUISOCTAEDRO



Don Remigio fue, al final de la década de los años cincuenta, director del instituto de la calle Gaona de Málaga, en el que impartía la asignatura de Ciencias Naturales.

Se encargaba además, por propia iniciativa, de hacer las suplencias cuando faltaba algún colega suyo, así como vigilar, con extremado celo y eficacia, que funcionase todo en el centro de forma correcta, desde el servicio de limpieza, hasta el agua en los lavabos.

Don Remigio era por tanto - en aquellos años de penuria - una persona excepcional, que daba al Ministerio de Educación mucho más de lo que de este recibía.

Mediana estatura, pelo canoso y ralo y una voz chillona cuando se exasperaba, lo que no obstante llamaba más la atención en él eran sus orejas, que al ser grandes y carecer casi de cabello en su cabeza, sobresalían de esta en forma ostensible.

Por tales apéndices y porque debido a sus múltiples ocupaciones siempre iba corriendo por los pasillos y patios del instituto, los estudiantes le habían bautizado como “la liebre”, alias por el que todos le conocía.

Como antes dije, su asignatura “oficial” era la de ciencias naturales, que enseñaba en un aula de la primera planta del edificio, cuyas paredes estaban cubiertas de ejemplares disecados de mamíferos, aves y peces, al parecer solo para dar ambiente ya que jamás se usaba ninguno de ellos en explicaciones prácticas.

Estábamos en el tercer curso de bachillerato y aquellos días estudiábamos la cristalográfica y sus figuras poliédricas, por lo que al objeto de entender tan árido tema, disponíamos de una colección de estas figuras en madera, para hacer en ellas las necesarias explicaciones.

Aún no sé por qué, ni posiblemente lo sepa nunca, pero desde su inicio, el estudio de los sólidos poliédricos atrajo mi atención y lo que a mis condiscípulos costaba esfuerzos infinitos entender yo lo captaba enseguida, por lo que me pasaba el tiempo de los recreos presumiendo más que un pavo real, mientras contestaba sus preguntas.

Un día - con la clase ya empezada - estábamos de tertulia cuando entró en ella - corriendo como siempre - “la liebre” y al ser mi voz la que más se destacada del grupo, tras lograr el silencio, me hizo subir a la tarima con intención de hacer un escarmiento ante los demás.

Con deliberada parsimonia, Don Remigio extrajo del armario la bandeja que contenía los sólidos poliédricos y luego con irónica sonrisa dijo.- Puesto que tienes tantas ganas de hablar, quiero que nos expliques las características de esta figura...
Y mientras hablaba, deslizó su mano hacia la bandeja y como si fuese por casualidad, cogió de ella la que, por su dificultad, era el terror de todos los estudiantes; el hexaquisoctaedro.

En medio de un silencio total, tomé de manos de Don Remigio el cuerpo geométrico y con seguridad empecé a disertar sobre su estructura: Los 48 triángulos escalenos que lo formaban, el punto de corte de sus ejes, las 72 aristas y el orden de los 26 vértices...

Desde la mesa, “la liebre” me miraba desconcertado, pues lo que él había previsto como castigo, se había convertido de forma incomprensible en todo lo contrario.

Cuando al final, ante la expectación general concluí sin haber cometido ningún error, en el paroxismo de la confianza hacia mi mismo, pregunté: -Don Remigio, ¿Quieres usted que coja otra...?
Nuestro hombre, sin mirarme siquiera, me mandó sentar y al poco rato salió del aula – corriendo de nuevo - para atender alguna de sus muchas ocupaciones.

Dicen que en la vida, todos los cretinos tienen alguna vez su minuto de gloria.

Yo pienso – querido lector –que sin duda, ese fue el mio...

J.M. Hidalgo

lunes, 13 de febrero de 2012

DOÑA ELENA, SU LIBRO Y YO

Ayer domingo, cuando regresaba del bosque que rodea al castillo de Bellver adonde voy los fines de semana con otros amigos también jubilados para andar, hacer algo de ejercicio y charlar, decía, cuando regresaba, ya en el coche, oí en la radio que el locutor hablaba de Doña Elena Villamana Peco, de Don Eduardo García Rodeja y del Gaona.

Una vez llegado a casa permanecí aún unos minutos en el coche escuchando la radio hasta que el locutor terminó el comentario que me había llevado a recordar mi época de estudiante en Málaga.

A media mañana llamé a mi amigo Rafael Vertedor (Falo) y le comenté  sobre lo que había estado escuchando en la radio. Después de media hora de charleta me remitió al último aporte a este blog que por cierto trataba sobre Doña Elena.

El blog ya lo conocía precisamente a través de él mismo y después de la lectura del aporte del D. José María Hidalgo  me animé a hacer yo el mío propio en relación con Doña Elena.

Yo había hecho el examen de ingreso de bachiller en el "Instituto Hilarión Eslava" de Cabra, trasladándonos luego a vivir a Melilla donde inicié el bachillerato en el "Instituto Hispano-Marroquí", que así se llamaba a la sazón.

Allí cursé los primeros cuatro años y fue, creo en tercero o cuarto - no recuerdo muy bien -  cuando conocí a Doña Elena.

Bueno a ella personalmente no, sino al libro de Literatura en cuya portada  aparecía impreso su nombre. En él aprendí lo que era un pareado, el cuarteto y su hermana pequeña de misma rima la redondilla, el serventesio y la cuarteta, también lo que era una décima y leí mi primer soneto, aquel en el que Lope accede a hacerle uno a Violante a pesar de verse metido en tal aprieto. El de Cervantes al Túmulo de Felipe II, ejemplo de soneto con estrambote, término a mi juicio algo estrambótico para ser sólo una propina de tres versos a un  soneto.

Leí asimismo  aquellos versos de rara métrica de Rubén Darío sobre la tristeza de la princesa que me resultaron un poco extraños.

Una vez terminado cuarto nos enfrentamos los alumnos de ese año al cambio de plan de estudios: el 38 por el nuevo del 53 y que suponía la reválida de lo que se llamó a partir de entonces Bachiller Elemental, y de Bachiller Superior para la que se haría al finalizar sexto.

A los pocos días del examen de esta reválida, por San Juan, nos trasladamos a vivir a Málaga y fue precisamente entonces, al comienzo del quinto curso en el Gaona, cuando sucedió lo que me ha empujado a escribir este aporte al blog: lo que para mí había sido hasta aquel momento nada más que un libro, interesante pero sólo un libro de texto, se convirtió en una persona de carne y hueso que además iba a ser mi profesora de Literatura. Aquello a mí, un niño de catorce años de la década de los 50, me causó una gran impresión.

lunes, 6 de febrero de 2012

LOS LIBROS DE DOÑA ELENA


Hoy ha sido el primer día de invierno. Aunque desde hace ya tiempo estamos en esa estación, fue sin embargo esta tarde la primera vez que lo he percibido. El cielo se oscureció con nubarrones que amenazaban lluvia, se cubrieron de improviso las cimas del Garraf con una espesa niebla húmeda y comenzó a soplar un desagradable viento frío del noroeste, que aumentó - más si cabe -la sensación de tristeza.

Muchas veces cuando esto sucede, busco refugio en la biblioteca del sótano de casa en donde están los libros más antiguos, y me evado de la realidad llenándome de nostalgia con ellos.

Sin mucha dificultad, pues de sobras sé donde se encuentran, me dirigí al anaquel de los libros de texto del bachillerato. Todos están - como antaño - protegidos con un forro de papel amarillento, para evitar que se estropeasen. Aunque era vano el empeño, porque su pobre encuadernación hacía que al poco de usarlos, todos tuviesen las hojas sueltas como una baraja de cartas.

Con la tarde propicia a la añoranza, deslicé la mano hasta el libro de cuarto curso de Doña Elena Villamana Peco, nuestra profesora de lengua y literatura en el Instituto Gaona de Málaga, que con frecuencia he ojeado.

Los libros de Doña Elena tienen unas características que los hacen para mi inconfundibles. Habían de adquirirse en la librería Gibralfaro, cercana al instituto y cada inicio de curso - en una especie de reiterada liturgia - el pequeño habitáculo en que atendían al público, estaba siempre atestado de estudiantes para poder comprarlos. Pero lo más encantador de ellos, era que parecían más libros de lecturas que libros de texto.

En mi caso, el aprendizaje de las letras, siempre estuvo vinculado a las mujeres. Quien me enseñó a leer fue Doña Remedios, mi maestra de primaria y quien lo hizo a soñar con sus obras escogidas, fue Doña Helena Villamana.

La primera lección del libro; “La palabra y la entonación”, se iniciaba con unos párrafos de Juan Ramón hablando con Platero... Con tanta sensibilidad en el papel, no hacía falta más que saber leer, para que el mismo texto te pidiese a gritos entonar...

Doña Elena, con quien la naturaleza fue cicatera en sus encantos personales, fue dotada sin embargo con largueza en sensibilidad y saber, de manera tal que cuando leía algún libro, como solo ella sabía hacer, permanecíamos todos embobados escuchándola.

Se implicaba tanto con sus personajes, que una tarde, mientras nos recitaba un poema en que las artes de seducción de una mujer, hacían a un hombre perder su dignidad, su fortuna y su vida, sintiéndose identificada con la protagonista, casi sin pensar, exclamó: - ¡Es que las mujeres, somos capaces de volver a los hombres locos con nuestros encantos...!
Como si toda la clase se hubiese puesto de acuerdo, una carcajada general rubricó las palabras de la maestra, que rápida como el rayo y sin azararse, continuó:

- Bien, puesto que veo que el asunto os hace gracia, que salgan al encerado… y acto seguido pronunció los nombres de tres alumnos, que – fuera del aula - se mostraban especialmente crueles en las bromas que se hacían sobre los atractivos de la catedrática.

Uno tras otro, les fue doblegando con preguntas sobre el texto y cuando se hubo cansado de jugar al gato y al ratón, les preguntó con ironía:

- Decidme; ¿para que usáis vuestras cabecitas…?, ¿Acaso para haceros peinados exóticos y embaucar a las nenas...? Una vez más, Doña Elena había salido triunfante.

Nunca he querido – de forma deliberada – encuadernar sus libros porque al hacerlo, temo que algo de la manera en que me los hizo vivir, se vaya para siempre con la encuadernación.

Antes de dejar de nuevo el libro, veo en el papel amarillento que lo envuelve dos palabras escritas a lápiz que me hacen de nuevo soñar; “Siglo XVIII” y a continuación “página 159...”. Al buscar, me encuentro en ella con Voltaire, Montesquieu, Rouseau, Diderot...

Ya recuerdo por qué en su día apunté eso. Fue porque mientras leía a estos autores, Doña Elena me enseñó también - a través de ellos - a soñar con la libertad...

J.M. Hidalgo

domingo, 5 de febrero de 2012

No tuvimos clase

Andrés Vázquez Lobato nos envía la foto que incluimos en esta entrada. Es del año 1957, aunque no sabemos en qué mes fue tomada. Los alumnos de la promoción 54-60 deberíamos estar en tercer curso o al principio de cuarto, dependiendo de la época del año en que se hizo.

El grupo está en la Plaza de la Constitución.  No era habitual hacer la "piarda" (faltar a clase en el argot del Instituto) y mucho menos en grupo, así que este día suponemos que se suspendieron las clases al menos parcialmente por un motivo que no recordamos y algunos se fueron a pasear por el centro llevando sus libros bajo el brazo.

Observamos el uso de ropa formal en la mayoría de los alumnos, incluyendo corbata en casi todos ellos.

Reconocemos a Andrés Vázquez Lobato, el segundo por la izquierda, Juan Bautista Páez, el tercero por la izquierda y a Miguel Ignacio Valenzuela Martín, el primero de la izquierda agachado.

Yo creo reconocer además, aunque no estoy seguro, a Paco Fernández Torreblanca (cuarto por la izquierda) y a Paco Juárez (agachado, en medio).

Juan Bautista me indica que el primero por la derecha, agachado, es Emilio José Viciana, aunque solo está seguro del apellido y no de los nombres. También cree que el del centro, con los libros en la mano derecha, se apellida Rando y el segundo por la derecha, en segunda fila, Natera, aunque no está seguro.

Si algún lector de este blog reconoce a alguien más o encuentra algún error, le agradecería me lo comunicara a rversan@gmail.com.

Modifico esta entrada hoy, 3 de Junio de 2015, porque he recibido de Emilio Viciana, el correo que transcribo más abajo y que completa algo más los nombres de los alumnos que aparecen en la foto. Gracias, Emilio. Y como dices, si recuerdas algún nombre más o quieres participar en este blog con alguno de tus recuerdos, eres bienvenido.

Soy Emilio Viciana  que aparezco  agachado por la derecha, reconozco
a todos pero la memoria me falla y no me acuerdo de los nombres.
Intentaré hacer memoria y cuando me acuerde, te los mandaré. 

El 1º por la izquierda es Cueto, seguido de Lobato; junto a Rando esta Gámez y
detrás de él, de pie, Nateras. Los otros que pones los nombres son
correctos. 

Me ha dado mucha alegria el ver la foto y me ha gustado
mucho tu comentario.
Mi correo es emilioviciana@gmail.com, me tienes a tu disposión por si
algo puedo aportar. Vivo en Granada desde el año 1968 en que vine
destinado como Maestro Nacional hasta que me jubilé.
Un cordial abrazo a todos aquellos grandes compañeros y mejores amigos
y personas.

Emilio Viciana Rodriguez

martes, 17 de enero de 2012

Acto del descubrimiento de placa de Severo Ochoa

Gracias de nuevo al profesor  Don Victor Heredia que sigue alimentando este blog con las  fotos y datos que nos remite.

Ahora nos envía una entrañable foto, correspondiente al día en que se descubrió en el Instituto la placa conmemorativa del paso por sus aulas del premio Nobel Severo Ochoa.

El paso del tiempo nos hace difícil reconocer a los profesores y autoridades que figuran en ella. No obstante, de forma indudable, reconocemos a Doña Elena Villamana que lee su discurso. También creemos reconocer a Don Eduardo García Rodeja, el tercero por la derecha. El primero por la izquierda (su cara aparece semicortada) nos parece que es Don Angel Blázquez, conocido por el Tosco. A la izquierda de Villamana y a su espalda, creemos que está Don Remigio Sánchez Mantero, Director del Instituto.

Este acto se celebró el martes 26 de enero de 1960

sábado, 31 de diciembre de 2011

AQUELLOS DÍAS DE OCTUBRE




Un mes después de la peripecia del examen de ingreso, empecé como estudiante de primer curso de bachillerato en el instituto de la calle Gaona de Málaga y los recuerdos que a mi mente vienen, lo hacen mezclados con el vago temor, a lo que la disciplina de las aulas significaba, la tristeza infinita al abandonar mi casa y la libertad del verano, sin olvidar la llegada de los días más cortos, los primeros fríos y las madrugadas para ir a clase. Pero lo peor era la gente con la que me relacionaba.

En cuanto en el instituto advertían la presencia de un “chico de pueblo”, todos veían en él presa fácil, para las novatadas - más o menos civilizadas - de que podían hacerte objeto. Una de las más comunes era la de “la llave del manganeso”.

Antes de hablar de ella, se hace preciso concretar, que todas las llaves y puertas del edificio docente, eran controladas por el bedel mayor - apellidado Barrios - ex guardia civil, que conservaba aún, pese a los años que llevaba en el puesto, el recuerdo del tricornio sobre su calva frente y la mentalidad cuartelera de cuando hacía vigilancia vestido de verde, en un puesto rural de la serranía de Córdoba.

Nuestro hombre, que con el director y el jefe de estudios, era el más servil de los tiralevitas, se comportaba en cambio como un tirano con los estudiantes y mucho más si pertenecían a cursos inferiores. Eran proverbiales los capones, que en el patio del recreo solía impartir de forma generosa, ante la más mínima señal que él considerase indisciplina. Por estas prendas y otras más que atesoraba, nuestro bedel era el terror general del alumnado.

Eran mis primeros días en el centro y todo me parecía extraño, cuando al pasar frente a las aulas de quinto curso, me llamó uno de los veteranos. - Ven aquí “pipiolo” - dijo en tono imperativo - acércate a Barrios, y pídele de parte del profesor de física, la llave del manganeso, y date prisa, que no tenemos toda la tarde... Tan rápido como pude, me dirigí al habitáculo ocupado por el bedel mayor - una cabina de cristal y madera situada junto a la entrada - desde donde nuestro personaje controlaba como implacable cancerbero, todo lo que en el instituto se movía.

- Buenas Don Barrios - expuse con voz entrecortada al uniformado personaje, del que aún ignoraba su nombre de pila - que me envía el profesor de física, para que me entregue la llave del manganeso...

No pude acabar la frase, la mole humana de casi dos metros se puso en pie y gritó con estentórea voz, -¡Fuera de aquí... pero, ¿qué se habrá creído este mocoso?... A tomar el pelo te vas a tu casa...! y un cúmulo de otras lindezas que no llegue a oír, pues corrí tan rápido como pude, antes de que uno de sus capones, hiciese blanco en mi colodrillo. Pero la más peligrosa de todas, era la novatada del fanático.

Bajando por la derecha de la calle Dos Aceras, y antes de llegar a la de Carretería, había un taller de zapatero remendón, de aquellos que entonces visitábamos con frecuencia, porque antes de tirar los zapatos se hacían sobre ellos todas las reparaciones imaginables que permitiesen alargar su vida, tanto que - a veces- tenían casi tantas partes añadidas como de origen.

Todas las paredes del taller, estaban empapeladas con carteles taurinos de Antonio Ordoñez, el torero de la tierra. El zapatero, era admirador incondicional del rondeño y en más de una ocasión se había enzarzado en discusiones - que frecuentemente llegaban a las manos - con partidarios de toreros distintos, o disidentes de la propia figura del maestro, que para él era un dios.

- No sé si sabes – me comentó un día a la salida un veterano – que cerca de aquí hay una calle con un eco, que se repite cinco o seis veces... Y el muy ladino, me fue aproximando al local en donde se ubicaba la zapatería a la que antes he hecho alusión, cuya existencia y características ignoraba.

- Este es el lugar... – dijo mientras me situaba de espaldas al taller.- Yo daré la voz y ya verás como suena - y colocándose a mi espalda, gritó con todas sus fuerzas en dirección al zapatero - ¡Antonio Ordoñez no vale na, y además es un cagao...! - y tan rápido como el viento, salió disparado del lugar.

Me quedé quieto como un pasmarote, sin advertir su marcha, ni oír – como era lógico - eco alguno, por lo que me volví para comentárselo. Justo a tiempo, porque una bota salía disparada del local, pasando por donde momentos antes estaba mi cabeza, e impactaba contra la pared y tras ella, apareció un energúmeno - mandil de cuero y martillo en mano - demandando a gritos mi hígado, al que - sin esperar saber cuales eran las razones de su actuación - esquivé corriendo hasta que dos calles más allá, desistió de su empeño en hacerme picadillo.

Al año siguiente, me sorprendí a mi mismo acompañando a un recién llegado de primer curso hasta el taller de zapatería, para enseñarle el maravilloso eco que aquella calle tenía...

La condición humana – amigo lector - es miserable y rastrera...

J. M. Hidalgo

sábado, 24 de diciembre de 2011

31_03_1960. Los alumnos de 6º van de excursión a la cueva de Menga

El día 31 de Marzo de 1960 los alumnos de 6º curso hicimos una excursión a Antequera para visitar la Cueva de Menga. Nos acompañó  Don Angel Blázquez, profesor de Geografía e Historia, conocido como  El Tosco. Se cree que el apelativo se le puso por su uso frecuente del adjetivo "tosco" para calificar a los utensilios poco elaborados producidos por los primeros pobladores de la Tierra.

Viendo estas fotos de cuando la mayoría de nosotros tenía 15 años, llama la atención la ropa que llevábamos, donde es muy frecuente el uso de corbata e incluso de chaqueta en algunos de nosotros. Íbamos vestidos para una ocasión especial, como era una excursión a otra localidad organizada por el Instituto.

Supongo que esta indumentaria no es la que llevarían hoy día los chicos de un Instituto que seguro es mucho más "casual" y no tan formal como la que usábamos en la época para estas ocasiones.

Raro es también que alguien dispusiera de una cámara fotográfica. No recordamos de quien era ni quien tiró las fotos. Por supuesto que debían ser en blanco y negro porque el color, aunque ya disponible en la época, tenía un precio prohibitivo.

Las fotos las ha facilitado Paco García Aguilar que las ha conservado durante todos estos largos años.


En la cueva de Menga. Con jersey blanco, agachado, Miguel Ignacio Valenzuela Martín. De pie, de derecha a izquierda, Antonio Sánchez Muñoz, Francisco José García Aguilar y Rafael Vertedor Sánchez. No puedo identificar a los demás después de 51 años

Los dos delante de la fuente: Rafael Vertedor y Paco García Aguilar. En el grupo de atrás, Rafa Peláez, alguien oculto que no identificamos, Andrés Vázquez Lobato y Gaspar Gil Rivas. El chico que está en primer plano a la izquierda y desenfocado no está identificado

De izquierda a derecha, Miguel Ignacio Valenzuela Martín, Francisco José García Aguilar,
Antonio Sánchez Muñoz y Rafael Vertedor Sánchez

Si alguien reconoce a alguno de los estudiantes no identificados en las fotos le agradecería me lo indicara por correo a la siguiente dirección: rversan@gmail.com